Pequeñas reflexiones en el viento del sur

Todo lo que hay en el mundo tiene sentido, hasta el detalle más "tonto" e
insignificante, a eso es a lo que YO
llamo centro de mi atención.




jueves, 7 de abril de 2011

Évora.

Esa tarde sería diferente, habría planes nuevos con mis amigas de siempre. Decidimos ir a pasear por los parques de mi pueblo, Évora. Algunas íbamos en bici y otras con patines. Yo iba con los patines que mis padres me regalaron por mi cumpleaños, hace menos de 4 meses, pero que ya dominaba y me defendía con ellos perfectamente. Íbamos a toda velocidad sin pensar que en cualquier momento un coche podía atropellarnos, o nosotros a alguien que fuese andando sin prestar atención a unas locas temerarias, como era normal. A veces se escuchaban voces regañándonos por ir así de rápido, pero nosotras no hacíamos caso a esas tonterías que decían esos locos desconocidos. Íbamos cuesta abajo hacia una gran mansión, con las paredes resquebrajadas y descuidadas. Esas paredes a las que no te puedes acercar porque te manchas de blanco o se te cae el muro encima. Tenía amplios balcones de hierro que por algunos sitios tenía un color rojizo, delatando sus años sin apreciar una capa de pintura negra. A sus pies, había maceteros de diferentes tamaños y formas donde sobresalían algunas flores marchitas con colores ocres de estar tanto tiempo sin ver agua caer en ellas. En algunas partes de las paredes que formaban la casa, había huecos que dejaban ver la oscuridad que dentro existía y que tanto miedo daba cuando lo mirabas fijamente por si salía algo extraño que no esperásemos. Tenía en el centro una gran puerta de madera que a la vista, parecía no poder abrirse de lo grandísima y pesada que parecía ser; un candado cerraba sus puertas. Nunca habíamos visto esa casa, será por nuestra actitud pasiva ante lo que nos rodeaba. Pero nos llamó tanto la atención que como era de esperar queríamos entrar, pero el candado nos prohibía la entrada a esa misteriosa mansión. Buscamos un hueco de los que veíamos y nos daba tanto miedo, de un tamaño más o menos grande para que una persona pudiese pasar. Dejaron las bicis, y yo me quité mis patines. Cuando pasamos ese agujero negro, descubrimos una sala donde había cristales rotos en el suelo con cuadros bañados en polvo, todo era muy tétrico. Nos daba miedo pero ya que habíamos entrado, seguiríamos con esa nueva experiencia. Había una puerta que daba a algún sitio nuevo para nosotras, no teníamos ni idea de qué podía ser. Resistió a abrirse, pero al final se cedió. Nos encontramos un patio, con columnas, algunas partidas y muchos árboles que hacían sombra a la mayor parte del patio. Había un pasillo donde al fondo había una ventana con cristales amarillos, el sol hacía que esa luz se reflejase en el suelo. Y otro pasillo en el lado opuesto, donde al fondo había unas escaleras de caracol... Todo era oscuro, sin un rayo de sol que dejase ver qué había allí aparte de aquellas escaleras. No sabíamos qué hacer, si ir por el pasillo de la ventana amarilla o subir las escaleras... Decidimos coger el de las escaleras. Subiendo, aparecían rayos de sol de la parte superior. Cuando llegamos, era una iglesia. ¿Una iglesia? Sí, al principio no sabíamos qué hacer, si bajar o quedarnos. Pero al fondo se escuchaban como alguien hablaba... Y andaba, pisando fuerte. Yo quería saber quién era, me entraba curiosidad quien podía haber en una iglesia abandonada, que nadie conocía. Seguí andando hasta el fondo. Lo más inquietante es que cuando llegué, no había nadie... Ya no escuchaba nada. Segundos después, escuché cómo alguien llamaba a la puerta que había en una esquina, ahí ya me asusté. No quería pasar de esa puerta. Me dijeron mis amigas que ellas se iban de allí, que no estaba cómodas allí y que querían irse. De repente, se calló una lámpara de cristal que colgaba de los altos techos que teníamos encima, haciendo romper esos cristales en otro más pequeños que saltaban con una fuerza increíble. Ahí ya nos queríamos ir todas, estábamos asustadas, algo raro había allí y no sabíamos qué. Bajamos las escaleras corriendo, dejando esa iglesia atrás. Llegamos a la ventana amarilla, ahora no sabíamos donde estábamos, se había convertido en un laberinto sin salida. Encontramos una puerta, entramos y ¡wuala! era la habitación por la que entramos, la que ahora no tenía ningún hueco por dónde salir.. Esa mansión no tenía salida. Desde entonces, no se ha sabido nada de esas chicas que por diversión entraron en un callejón sin salida. Se encontró un documento donde estaba redactada ésta historia en primera persona. Una historia en una casa que nunca ha existido y con esa iglesia que por lo que en el documento encontrado, parecía ser la catedral de Évora.

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